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viernes 11 de abril de 2008

Sexo y comida


El parecido entre comer y "comer"

Hace un tiempo, la imagen de una mujer desnuda, acostada en una mesa y siendo literalmente aderezada con coloridos alimentos, saltó de mis recuerdos de una vieja revista que contaba curiosidades del mundo.

En Japón, decía la publicación, se extendía la muy excéntrica, y decididamente machista moda de convertir el cuerpo femenino en tabla para servir bocadillos de toda laya.

El invento culinario se llamaba (ahora que lo consulto con el sabio Google) Nyotaimori, y aunque es una práctica que se extiende a viejas costumbres imperiales, desde hace algún tiempo también es ofrecida al público sin mayor estirpe en algunos restaurantes de ese país e, incluso, en algunas mesas de Estados Unidos y Europa.

En la foto, ya un poco sepia en mi memoria, estaban un par (quizás un trío) de muy sonrientes asiáticos, aparte de la resignada chica, que palillos en mano parecían más voraces que cualquier comensal de carretera.

Los hombres evidentemente extasiados y, sí, maliciosos, devoraban lo que sobre esa piel previamente depilada y libre de perfumes y contaminantes se ofrecía, como si se tratara de la más sexual de las góndolas del supermercado, de un bufete humano.

La sinergia entre ambos apetitos estaba servida en la misma mesa: comida y sexo en un dos por uno. Los japoneses se satisfacían. Quedaban llenos. Indio comido, indio ido. Arigato y sayonara.

Pero no es casual y la imagen me trae tema al de esta hormona da sección, y el tema es, claro, la relación (bastante estrecha) entre comida y sexo.

Esa relación que explica frases tan mundanas y, sí, gastronómicas, como "te voy a comer", para referirse a fines menos digestivos pero más reproductivos o, al menos, más (ejem) divertidos.

La psicóloga Mariana Jaramillo dice "que el sexo y el acto de comer muchas veces pueden ser análogos". Se pueden parecer bastante.

Empezando por lo absolutamente obvio: ambos son extremadamente placenteros. Siguiendo con algo igualmente obvio: con una buena ración del uno y del otro se encuentra la satisfacción plena, aunque sea momentánea (el apetito siempre renace).

"Ambos, en buena medida, son experiencias gustativas y olfativas", afirma la psicóloga.

En el acto de comer y en el sexual, se usan la boca, los dientes y la lengua, así como la nariz, para percibir ya sea el olor de la vianda o de la pareja. Además, existen acciones similares como morder, lamer y hasta tragar.

Incluso desde lo físico hay vínculos, pues "no en vano la boca y la vagina se parecen; es más, ambas tienen labios", dice Mariana Jaramillo.

Por eso, en el inconsciente tener sexo es comparable a comer, pues es la apropiación y asimilación de la pareja, tal y como sucede con el alimento, que no es otra cosa que un cuerpo que entra en otro.

Por eso, seguramente (y aventurando un poco), es que en muchos idiomas se usan palabras y expresiones destinadas a la descripción de un plato, para exaltar el atractivo sexual de otra persona, tales como "ella está deliciosa" o en inglés "she is yummy", aunque existen muchos otros versos menos publicables, que cualquier poeta de construcción usaría con soltura.

Pero también hay otras similitudes que acercan este par de actividades vitales para la mayoría de los seres humanos. Por ejemplo: los besos son representaciones de los mordiscos, "son una forma de mostrar ese deseo de querer comerse al otro", explica la especialista.

También existen temores que vinculan ambas acciones, como el miedo inconsciente masculino que describe Freud, a la vagina dentada, en donde el hombre teme que la mujer tenga entre sus piernas una poderosa dentadura, que de un solo mordisco le cercene su preciada virilidad.

Pero no hay que ir tan lejos, pues es bien sabida la asociación que hacen muchas parejas entre comida y sexo de forma muy consciente, cuando lo uno incluye lo otro.

Es decir, cuando la comida se transporta al cuerpo del amante, en esa versión casera del japonés Nyotaimori, solo que el sushi es reemplazado por el chocolate (o la crema, o la miel o lo que haya disponible en la nevera) y la actividad es mucho más democrática y divertida.

Ahora bien, el asunto también tiene sus raíces culturales y religiosas, pues no hay que olvidar que Adán fue expulsado del inmaculado Paraíso por comerse la manzana prohibida, y que la gula y la lujuria son pecados capitales.

Aunque es importante anotar que, dicen las abuelas, al hombre se conquista por el estómago y, estoy seguro, también a la mujer, porque de lo contrario el concepto de cena romántica habría fracasado.

Claro, no debo dejar de lado la ciencia y por eso les expondré algunos hechos contundentes:

1. Un estudio que indagó las opiniones de cuatro mil jóvenes entre 20 y 30 años, demostró que el 55,5 por ciento de ellos mezclan la comida con el sexo. Es decir; usan distintos alimentos como juego erótico.

2. Según los historiadores, en las fiestas orgiásticas de los grandes imperios se solían mezclar el sexo y la comida de formas desmedidas, para satisfacer y exceder ambos apetitos.

Aún hoy, en épocas de carnaval el sexo, la comida y la bebida son las constantes.

3. Pero existen prioridades. Luego de un estudio desarrollado por el holandés Frans de Waal, sobre los bonobos, la especie de chimpancé con la que tenemos más cercanía genética, se determinó que estos animales son capaces de anteponer la actividad sexual a la comida.

Es decir, (y perdón por la expresión) prefieren tirar antes que comer, por lo que no sería extraño que los humanos presentaran un comportamiento similar.

Ahora sí, buen apetito, que el que come de todo no muere de hambre. La mesa está servida.

Tomado de la revista Carrusel del diario El Tiempo

lunes 6 de agosto de 2007

Sexo y más sexo, pero cuando no están los niños

Claro que sí. Pese a los acelerados cambios a los que nos obliga la teconología y el estrés del día a día, sigue siendo delicioso, y me atrevería a decir sin temor a equivocarme, imperioso, seguir teniendo relaciones sexuales en el sofá, la alfombra, la cocina, el baño o encima de la bicicleta cuando se está pedaleando en rodillos, pero ojo, hay que tener cuidado de que los niños no estén fisgoneando por ahí.


Una amiga mía fue sorprendida por su hija de siete años encima de su esposo "montando caballito", totalmente desnuda como es casi obvio, y cuál no sería la cara de sorpresa de la niña que no salía de su asombro porque no llegó a entender qué significaba esa escena. Tampoco yo quiero imaginar el asombro de la pareja que, imagino, no supo qué decirle o cómo explicarle la situación a la niña. Una situación un tanto engorrosa.


Sin embargo, y por ser este el tema del artículo del diario El Tiempo que traigo a continuación, los invito a que ante esta necesidad de tranquilizar las hormonas cuando se alborotan, tomen las precausiones necesarias para evitar que los hijos menores los sorprendadan en plena faena.


No, porque el niño se despierta


Los hijos son un estorbo. Sí, lo reafirmo. Además estoy dipuesta a afrontar el juicio que, de seguro, puede abrir en contra mía alguna de las miles de organizaciones humanitarias que se dedican a velar por la niñez en el mundo.

Con todo respeto les digo: ¡Al diablo con su retórica cuando de tener sexo tranquilo se trata! Aquí el destierro temporal de la prole, con todo y su valiosa su carga genética, es una bendición.
¿Habrá, acaso, un mayor sentimiento de culpa que el generado por el impacto de levantar la cabeza y encontrar a un hijo parado al lado de la cama, cual espectador en platea, mirando el noble espectáculo de consumar la pareja? Eso apaga cualquier fuego, y miente quien diga que no le importa. Es más, semejante trauma no deja ganas ni de volverlo a intentar.

Por mentes amplias y pensamientos de avanzada que se tengan, no conozco pareja que, en un momento como ese, se haya atrevido a explicarle, en cueros, a su cría de qué se trata ese juego; por el contrario, solo salen preguntas ridículas como: "Nené, ¿qué haces ahí?" o "¿Te despertaste?" o el imperativo ¡Vuelve a tu cama! Todo mientras la tarea queda a medias.

Claro, como en la mayoría de los hogares de bien los temas sexuales son considerados vulgares y la educación de los hijos, al respecto, se delega en porteros, mecánicos, empleadas y otros terceros, esta situación se califica como una embarrada. Y para que no vuelva a pasar, la pareja erradica de la mente todo lo que se ubica cerca del periné.

Resultado: la cama doble se convierte más en un sitio de reflexión y análisis, en donde, como los bomberos, hay que dormir vestidos y lo más excitante que se acepta es ver por televisión el desove del salmón en los ríos del norte. Y no se necesitan estudios para saber que un biberón impide la erección en un radio de cien metros. ¡Fatal!

Repito: los hijos son un estorbo para las gónadas. O si no vean a mi prima, que tuvo que enfrentar los reclamos de su hija de 6 años que, al sorprenderla con su marido, no entendía por qué una mujer desnuda se dejaba ver de un hombre, si ella le repetía que eso no se hacía. Hoy en su casa impera la abstinencia y se mortifica pensando que él lo debe hacer en otra parte.

Ya está bueno. Las parejas con hijos tienen derecho a una vida sexual plena. Esto empieza por hablarles con seriedad, definir límites, retomar la intimidad y exigirles que si la puerta está cerrada solo se toca en caso de terremoto. Eso de esperar las vacaciones, que se duerman o que se vayan, cuando no cambiar de casa para disfrutar del polvo al que se tiene derecho, es una estupidez. Hasta luego.

ESTHER BALAC