
Claro que sí. Pese a los acelerados cambios a los que nos obliga la teconología y el estrés del día a día, sigue siendo delicioso, y me atrevería a decir sin temor a equivocarme, imperioso, seguir teniendo relaciones sexuales en el sofá, la alfombra, la cocina, el baño o encima de la bicicleta cuando se está pedaleando en rodillos, pero ojo, hay que tener cuidado de que los niños no estén fisgoneando por ahí.
Una amiga mía fue sorprendida por su hija de siete años encima de su esposo "montando caballito", totalmente desnuda como es casi obvio, y cuál no sería la cara de sorpresa de la niña que no salía de su asombro porque no llegó a entender qué significaba esa escena. Tampoco yo quiero imaginar el asombro de la pareja que, imagino, no supo qué decirle o cómo explicarle la situación a la niña. Una situación un tanto engorrosa.

Sin embargo, y por ser este el tema del artículo del diario
El Tiempo que traigo a continuación, los invito a que ante esta necesidad de tranquilizar las hormonas cuando se alborotan, tomen las precausiones necesarias para evitar que los hijos menores los sorprendadan en plena faena.
No, porque el niño se despiertaLos hijos son un estorbo. Sí, lo reafirmo. Además estoy dipuesta a afrontar el juicio que, de seguro, puede abrir en contra mía alguna de las miles de organizaciones humanitarias que se dedican a velar por la niñez en el mundo.
Con todo respeto les digo: ¡Al diablo con su retórica cuando de tener sexo tranquilo se trata! Aquí el destierro temporal de la prole, con todo y su valiosa su carga genética, es una bendición.
¿Habrá, acaso, un mayor sentimiento de culpa que el generado por el impacto de levantar la cabeza y encontrar a un hijo parado al lado de la cama, cual espectador en platea, mirando el noble espectáculo de consumar la pareja? Eso apaga cualquier fuego, y miente quien diga que no le importa. Es más, semejante trauma no deja ganas ni de volverlo a intentar.
Por mentes amplias y pensamientos de avanzada que se tengan, no conozco pareja que, en un momento como ese, se haya atrevido a explicarle, en cueros, a su cría de qué se trata ese juego; por el contrario, solo salen preguntas ridículas como: "Nené, ¿qué haces ahí?" o "¿Te despertaste?" o el imperativo ¡Vuelve a tu cama! Todo mientras la tarea queda a medias.
Claro, como en la mayoría de los hogares de bien los temas sexuales son considerados vulgares y la educación de los hijos, al respecto, se delega en porteros, mecánicos, empleadas y otros terceros, esta situación se califica como una embarrada. Y para que no vuelva a pasar, la pareja erradica de la mente todo lo que se ubica cerca del periné.
Resultado: la cama doble se convierte más en un sitio de reflexión y análisis, en donde, como los bomberos, hay que dormir vestidos y lo más excitante que se acepta es ver por televisión el desove del salmón en los ríos del norte. Y no se necesitan estudios para saber que un biberón impide la erección en un radio de cien metros. ¡Fatal!
Repito: los hijos son un estorbo para las gónadas. O si no vean a mi prima, que tuvo que enfrentar los reclamos de su hija de 6 años que, al sorprenderla con su marido, no entendía por qué una mujer desnuda se dejaba ver de un hombre, si ella le repetía que eso no se hacía. Hoy en su casa impera la abstinencia y se mortifica pensando que él lo debe hacer en otra parte.
Ya está bueno. Las parejas con hijos tienen derecho a una vida sexual plena. Esto empieza por hablarles con seriedad, definir límites, retomar la intimidad y exigirles que si la puerta está cerrada solo se toca en caso de terremoto. Eso de esperar las vacaciones, que se duerman o que se vayan, cuando no cambiar de casa para disfrutar del polvo al que se tiene derecho, es una estupidez. Hasta luego.
ESTHER BALAC